ImprimirCuando veo a mi hija y veo el gran potencial que tiene, me enorgullece como madre, y veo que su futuro es prometedor con su carácter arrollador, positivo y alegre.

Ella siempre está “a tope” con las pilas “bien cargaditas”. Aunque eso, a veces, nos abruma y llega, algunas veces, al agobio. Sé que muchas y muchos de vosotros me entendéis. Cuando la hiperactividad está en “pleno apogeo” se nota. Pero eso es lo de menos. Como madre quiero lo mejor para ella y si tengo tomarme una tila, pues me la tomo y me relajo. Ella es así.

Mi hija fue diagnosticada con TDAH a los seis años.

Fue en ese momento cuando entendí porque le costaba más a ella que a sus compañeros de clase que aprendiera a leer. Yo veía como sus amigas ya lo hacían y yo pensaba que mi hija era vaga. Mi marido y yo la acusábamos de que no se esforzaba lo suficiente (¡que mal lo hicimos!). Desde el colegio nos asesoraron para que fuéramos a un especialista, un psiquiatra. En la primera visita salimos con el diagnostico. Nuestra hija tenia TDAH.

¿Y ahora qué hacemos?

Pronto “caímos” en las dos corrientes que arrastran a muchas familias con la misma situación:

UNA: El TDAH es una farsa de las farmacéuticas.

Y DOS: hay que empezar el tratamiento lo más pronto posible.

Cuando cayó en nuestras manos los efectos secundarios del fármaco, descartamos la segunda opción de inmediato. RESULTADO: La niña perdió todo el curso escolar. No solo no sabia leer, tenia conflictos con sus compañeros de clase casi a diario y en casa la cosa fue a peor. Luego empezó otro trastorno más: el negativismo desafiante. Nuestra maravillosa hija, a la que queremos con locura, buscaba conflicto constantemente. Fue un año horrible.

Volvimos al psiquiatra. Nos volvió a aconsejar lo mismo. Nos dijo que lo probásemos y que si no nos convencía siempre estábamos a tiempo de retirar la medicación. Nuestra hija tenia un gran potencial que teníamos que descubrir entre ella y nosotros y que por culpa de ese “comportamiento” no salía a la luz.

Y así empezó el tratamiento: Fármaco, asesoramiento a los padres y refuerzo en la escuela. Al estar diagnosticada, la escuela activó el protocolo para estos casos. ¡Ahora todos estábamos alineados!

En tres meses, sí sí, tres meses, la niña aprendió a leer correctamente, a concentrarse en clase y a permanecer sentada todo el horario escolar (anteriormente ella se levantaba de la silla y se salía de la clase).

En casa, aplicamos unas pautas y tablas de recompensa, y la niña empezó a ser feliz y nosotros también.

Yo hice un curso que estaba subvencionado para aprender que es el TDAH y a tratarlo. Entendí muchas cosas y practiqué los consejos que se me ofrecieron.

¿Y que pasó con los terribles efectos secundarios que tanto miedo teníamos?

Pues efectivamente perdió el apetito y el sueño. Eso duró unos cuatro meses, y perdió algún kilo.

Actualmente mi hija crece a su ritmo natural y sano. Y por las noches tarda un poco más en conciliar el sueño, pero os aseguro que en cuanto lo coge, no hay niña en toda la noche. Si pongo en una balanza los efectos secundarios y los beneficios gana por goleada los beneficios. Dicen que los medicamentos acortan años de vida, seguramente sea cierto y eso me asusta. Pero ella no va a necesitar medicarse siempre. Cuando acabe su etapa de aprendizaje y sea mayor no necesitará nada más que haber crecido querida y aceptada y con unos estudios completos y un buen circulo de amistades.

Quiero compartir con vosotros mi experiencia por si alguien está en esa etapa de indecisión y mi historia puede ayudar.

¿Qué hemos aprendido con todo esto?

– Ahora, mi marido y yo, no castigamos, al contrario se apremia la buena conducta.

– Alimentamos cada día su autoestima: ¡Que bien lo has hecho! Me gusta mucho lo que haces, cuando acabes los deberes disfrutarás de tu serie preferida,…

– Escuchamos a familias con la misma situación que nosotros. Si alguien nos acusa o recrimina, le preguntamos si tienen hijos con TDAH (nunca los tienen).

Evidentemente esta es mi historia, mi experiencia que he querido compartir. Espero no haber ofendido a nadie (sobretodo del “bando opuesto”). Cada familia intenta hacer lo mejor para sus hijos, con amor y respeto.

 

Gemma Turmo

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